Conejo saltarín
A los seis años de edad vivía en una chabola de apenas veinte metros cuadrados. No había cuarto de baño ni cocina tampoco. A escasos cincuenta metros una fuente nos ofrecía todo el agua que necesitábamos. Para hacer nuestras necesidades fisiológicas teníamos que recorrer un buen trecho y buscar un lugar lo suficientemente alejado de la vista de los demás. No disponíamos de luz eléctrica, la llama mortecina de las velas producía unas sombras terroríficas. Lo que peor llevaba eran las noches en que tenía que estar solo en mi habitación. Había un armario viejo que además de estar repleto de ropa, yo lo usaba como si fuera un desván donde guardaba mis juguetes favoritos, Un día en las fiestas del pueblo, mis padres me compraron un conejo de plástico transparente lleno de bolitas de anises. En tres días ya me había zampado las chuches del interior. Cual sería mi sorpresa de terror en esa noche gélida, que estando en la cama a punto de dormirme, vi como la puerta del armario se abrió de repente y el conejo saltarín cayó a los pies de la cama...
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