II- La biblioteca




Espero tener suerte y encontrar un asiento en el vagón de Metro y así poder descansar física y mentalmente. Al fondo me parece distinguir un hueco que parece que lleva mi nombre, me siento como si hubiera finalizado el maratón "San Silvestre Vallecana", lo conseguí. Cierro los ojos, no con dificultad, pues la luz es escasa, mortecina y en penumbra me incita a entrar en un estado de ensoñamiento envolvente. Me quedo ligeramente dormido en estado de vigilia. Ahora soy un personaje recién salido de la novela de Julio Verne, voy avanzando en el estómago encapsulado de un interminable ciempiés metálico y kilométrico que va reptando incansablemente por estas vías férreas zigzagueantes.

Me despierto sobresaltado y me siento observado, tal vez por una conciencia grupal colectiva, estoy incómodo, es como si me reconocieran, como si estuvieran dentro de mi cabeza leyéndome los pensamientos. Transcurren cinco minutos interminables hasta que oigo por el megáfono la estación esperada.

Salgo del sufrido e irrespirable vagón y por fin llega el reconfortante ascenso a la superficie. Aire renovado y espacio suficiente para poder salir corriendo si fuera necesario. Unos pasos más, unos 500 metros en línea recta me separan de mi primer destino.

Entro en la tan ansiada biblioteca, amplia y silenciosa, acogedora cual útero materno. Aquí logró desconectar agradablemente de la multitud agobiante y siempre con prisas, es como haber aterrizado en la luna por unos momentos y llevar un cartel adosado visible: no molestar. FIN